Por la noche, cuando contemplo la perilla de Boris reposando sobre la almohada, me
pongo histérico. ¡Oh, Tania! ¿Dónde estará ahora aquel cálido coño tuyo, aquellas
gruesas y pesadas ligas, aquellos muslos suaves y turgentes? Tengo un hueso en la picha
de quince centímetros. Voy a alisarte todas las arrugas del coño, Tania, hinchado de
semen. Te voy a enviar a casa con tu Sylvester con dolor en el vientre y la matriz vuelta
del revés. ¡Tu Sylvester! Sí, él sabe encender un fuego, pero yo sé inflamar un coño.
Disparo dardos ardientes a tus entrañas, Tania, te pongo los ovarios incandescentes.
¿Está un poco celoso tu Sylvester ahora? Siente algo, ¿verdad? Siente los rastros de mi
enorme picha. He dejado un poco más anchas las orillas. He alisado las arrugas. Después
de mí, puedes recibir garañones, toros, carneros, ánades, san bernardos. Puedes
embutirte el recto con sapos, murciélagos, lagartos. Puedes cagar arpegios, si te apetece,
o templar una cítara a través de tu ombligo. Te estoy jodiendo, Tania, para que
permanezcas jodida. Y si tienes miedo a que te jodan en público, te joderé en privado.
Te arrancaré algunos pelos del coño y los pegaré a la barbilla de Boris. Te morderé el
clítoris y escupiré dos monedas de un franco...
Cielo azul y despejado de nubes lanudas, árboles macilentos que se extienden hasta el
infinito, con sus oscuras ramas gesticulando como un sonámbulo. Árboles sombríos,
espectrales, de troncos pálidos como la ceniza de un habano. Un silencio supremo y
enteramente europeo. Postigos echados, tiendas cerradas. Aquí y allá una luz roja para
señalar una cita. Fachadas abruptas, casi repulsivas; inmaculadas, salvo por los
manchones de sombra proyectados por los árboles. Al pasar por la Orangerie, recuerdo
otro París, el París de Maugham, de Gauguin, el París de George Moore. Pienso en aquel
terrible español que sobrecogía al mundo entonces con sus saltos de estilo a estilo.
Pienso en Spengler y en sus terribles pronunciamientos, y me pregunto si no se habrá
perdido el estilo, el estilo elegante. Digo que esos pensamientos ocupan mi mente, pero
no es cierto; hasta después, hasta que no he cruzado el Sena, hasta que no he dejado atrás
el carnaval de luces, no dejo jugar a mi mente con esas ideas. Por el momento no puedo
pensar en nada... excepto que soy un ser sensible apuñalado por el milagro de esas aguas
que reflejan un mundo olvidado. A lo largo de las orillas, los árboles se inclinan
pesadamente sobre el espejo empañado; cuando el viento se levante y los llene con un
murmullo rumoroso, derramarán algunas lágrimas y se estremecerán, mientras pase el
agua en torbellinos. Eso me corta el aliento. Nadie a quien comunicar ni siquiera parte
de mis sentimientos...
Lo malo de Irene es que tiene una maleta en lugar de un coño. Quiere cartas
voluminosas para embutirlas en su maleta. Inmensas,
avec des choses inouïes.
En
cambio, Liona sí que tenía un coño. Lo sé por que nos envió unos cuantos pelos de ahí
abajo. Liona... un asno salvaje que olfateaba el placer en el aire. En todas las colinas
altas hacía de puta... y a veces en las cabinas telefónicas y en los retretes. Compró una
cama para su rey Carol y un cubilete de afeitarse con sus iniciales. Se tumbó en
Tottenham Court Road con el vestido levantado y se acarició con el dedo. Usaba velas,
candelas romanas y pomos de puerta. No había una picha en todo el país bastante grande
para ella...
ni una.
Los hombres la penetraban y se encogían. Necesitaba pichas
extensibles, cohetes de los que explotan automáticamente, aceite hirviendo compuesto